Relaciones Institucionales

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 En relación al ayuntamiento de Barcelona:

 Villanueva de los Infantes y Barcelona:
principio y fin de don Quijote

 por Fco. Parra Luna
 
 
     La tercera y última salida de don Quijote merece un comentario añadido, una especie de breve licencia acientífica que el autor  se va a permitir, no solo porque va a suponer el final de la historia, sino por quedar ésta enmarcada entre dos puntos geográficos concretos: Villanueva de los Infantes y Barcelona, ciudades que vienen a representar el todo y la nada de su personaje central, su alfa y su omega, sus victorias y su derrota, su locura y su salud. Bien puede decirse que ambas ciudades van a quedar marcadas al unísono y para siempre en la aventura quijotesca.

      Pues tuvo que ser en Barcelona donde pasó de recibir los elogios más encendidos a la derrota más humillante al no morir en la batalla y tener que aceptar las condiciones de su enemigo. Y tuvo que ser en Barcelona, cuando don Quijote, en charla con don Alvaro Tarfe con motivo del regreso definitivo a su ya cercano pueblo, recuerda su derrota sobre las playas barcelonesas a manos del Caballero de la Blanca Luna, y dice, a pesar de todo:

 

     “Barcelona, archivo de cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y belleza única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo en ella solo por haberla visto”.

    “Solo por haberla visto” ¡Qué frase! ¿Hase visto cumplido tan escueto y bello? Solo ese mero recuerdo le compensa a don Quijote uno de los hechos más dolorosos que le podían haber sucedido: su derrota como caballero andante.  Solo el haber contemplado Barcelona parece sostener el ánimo de don Quijote con que poder aceptar resignadamente las condiciones pastoriles que le impone su vencedor. Villanueva de los Infantes le debe estar agradecida a Barcelona por el mero hecho de existir en su belleza y generosidad para su don Quijote, para que no se le muriera este su hijo de pena y de vergüenza; y Barcelona le debe estar agradecida a Villanueva de los Infantes por dar nacimiento al personaje que la loa de manera tan profunda y entregada. Ambas ciudades, la pequeña y humilde, y la grande y poderosa, se complementan para marcar el principio y fin de tan universal personaje. Ambas ciudades vienen a representar los dos extremos del recorrido geográfico sobre la piel de esa España por dónde camina una pareja de personajes que en el fondo la representan. Uno, materialista y práctico, pero al tiempo que autodidacta del buen juicio, del sentido común, del saber refranero, y en particular del buen gobierno, justo e inesperadamente sabio, que Sancho aplica cuando es gobernador de Barataria. El otro, selecto espíritu en pos de lo inmaterial y lo épico, buscador de entuertos para “desfacerlos”, loco valedor de dos valores, libertad y justicia, incasables entre sí, y caballero enamorado practicante del amor más sublime y casto que imaginarse pueda. Ahí están esas otras dos Españas, necesariamente complementadas, cuerpo y alma, materia y espíritu, unidas ya seguramente en el recuerdo hasta el fin de los tiempos.

      En Villanueva de los Infantes se engendra la loca aventura del caballero; pero en Barcelona se produce la inflexión de la derrota. En la primera nace la utopía, en la segunda el realismo. De la tierra reseca de La Mancha, de entre los muros conventuales y silenciosos de Villanueva de los Infantes, inspiradores de un modo de vida que mira permanentemente al cielo, ya sea para salvarse, ya para que llueva, se eleva el espíritu de sus naturales en busca de los sueños más absurdos e irrealizables, y en pocos sitios quizás, como en este pueblo campomontieleño, podría haber aparecido un personaje espiritualizado hasta la locura como don Quijote.

      Pero en la industriosa y cosmopolita Barcelona, en la naciente urbe que tiene ya como destino futuro, el trabajo, el progreso, la civilización y la técnica, se le obliga a poner los pies sobre la tierra, y no para derrotarlo, sino para comenzar a sanarlo de su peculiar locura, para que comience a tomar conciencia del mito caballeresco que le anima y en el fondo para convertirlo en un ser material de carne y hueso concorde con la más cruda realidad. La tierra terminaría así haciendo a los personajes que la pisan.

      Ya no hay distancia, pues, entre ambas ciudades. El mito las unió tanto como la realidad, y en el futuro quedarán para siempre unidas por un gigantesco y universal personaje que nace con un pie en los áridos Campos de Montiel y muere como caballero andante al poner el otro pie en las húmedas playas de la mar barcelonesa. Nacimiento y muerte físicamente indistinguibles, porque don Quijote sigue hoy sobre Rocinante desde Villanueva de los Infantes a Barcelona, y de Barcelona a Villanueva de los Infantes, si bien guerrero andante en su ida y bucólico pastor en su regreso. Villanueva de los Infantes le envía un don Quijote entre beatífico y etéreo, mientras que Barcelona se lo devuelve humanizado. Es el papel que les corresponde asumir a ambas ciudades en la obra literaria quizás más universal y celebrada de todos los tiempos.

      Curioso destino éste. Porque no faltaba más que se produjera la coincidencia de tener las barras ensangrentadas de Wifredo el Velloso en los escudos que simbolizan ambas ciudades, y por si fuera poco, dos veces en el mismo escudo: Villanueva de los Infantes porque se los trasmite su fundador el Infante don Enrique de Aragón en 1421, y Barcelona porque quiso perpetuar el heroísmo de uno de los padres de la Cataluña actual. Realidad histórica y ficción literaria fundidas así por la voluntad de Cervantes, al hacer que don Quijote nazca en el Campo de Montiel(Villanueva de los Infantes) y muera en la playa de Barcelona.

 

 

 
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